—Ya habéis dicho que hablemos con juicio, y es una locura pensar que puedan amarse como hermanos un hombre como vos y una mujer como yo.
—Vivamos como amantes.
—¡Como amantes! ¿pues qué, no os vais de Madrid?
—Sí por cierto; pero por el mismo camino que yo me vaya podéis ir vos.
—Y bien; suponiendo que yo consienta...
Y Dorotea miraba de una manera ansiosa á don Juan.
—Escucha, alma de mi alma—la dijo don Juan—; una casita bella, apartada, donde yo vaya á verte de noche; un jardín solitario, donde sólo el firmamento estrellado sea testigo de nuestra dicha; un amor eterno, embellecido por el deseo y por el misterio; hermosos hijos en quienes veas reproducido tu amor; una vida tranquila; sin celos...
—¡Sin celos!...
—¡Qué amante puede tenerlos de una esposa!
—¡Ay de mí!—exclamó Dorotea oprimiéndose el pecho.