—¡Separarte de doña Clara!—dijo Dorotea levantando de sobre el hombro de don Juan la cabeza y apartando con las dos manos los rizos que se habían desordenado sobre su frente, pálida y tersa—. ¡Ser mío, únicamente mío! ¡Salir de esta casa en que había entrado muerta, contigo, llena de una vida hermosa! ¡Oh! ¡repítemelo, repítemelo! ¡creo que me he engañado! ¡que tú no has dicho eso!
—¡Oh, sí! ¡tuyo y no más que tuyo!
—¿Y partiremos?
—Sí.
—¿Desde esta casa?
—Sí.
—¿Y no volverás á ver á doña Clara?
—No amo á nadie más que á ti.
Y don Juan la atrajo á sus brazos.
Dorotea le sonrió de una manera tal, le dejó ver de tal modo su alma, que una involuntaria sonrisa de triunfo de don Juan borró, como una nube al sol, la sonrisa de gloria de Dorotea.