En la sonrisa de don Juan había visto, no amor, sino voluptuosidad, alegría, y aun podemos decir vanidad, por la posesión segura de una mujer vivamente deseada.
Entonces, Dorotea se levantó de los brazos de don Juan, haciendo un violento esfuerzo para desasirse de ellos.
Su palidez había crecido.
Durante algunos segundos, una seriedad sombría, y tal que llegó á imponer respeto á don Juan, apareció en su semblante.
Luego volvió á sonreir.
Pero entre aquella seriedad y aquella sonrisa había pasado una agonía completa.
—La hora de la partida se acerca—dijo apoyándose dulcemente en el hombro de don Juan.
—Partamos—dijo don Juan levantándose.
—Espera, espera un momento—dijo Dorotea poniendo sus dos manos sobre los hombros de don Juan y mirándole frente á frente.
Don Juan exhaló una exclamación de asombro.