Nunca había visto á Dorotea tan hermosa.
Tembló bajo la impresión de la mirada de la comedianta.
—Siempre, siempre tu sed—dijo Dorotea—; nunca tu amor.
—¡Cómo! ¿aún dudas?
—No, no dudo ya—dijo la joven.
Y dejó los hombros de don Juan y se acercó á la mesa.
—¿Qué haces?—dijo don Juan.
—¡Tengo sed! ¡una sed que me devora!—contestó Dorotea fijando una mirada indescribible en la pera adornada con el lazo rojo y negro que se veía en medio de la mesa.
Y tomó una botella y llenó de vino una copa.
—Yo también tengo sed—dijo don Juan, que tenía la boca amarga, como cuando experimentamos una fuerte conmoción en nuestro organismo.