Dorotea llenó otra copa.
Luego se apoyó sobre la mesa, mirando siempre el confite del lazo negro y rojo.
Su semblante estaba contraído; gruesas gotas de sudor corrían por sus mejillas.
Hubo un momento en que tembló toda, como á la sensación imprevista de un frío agudo.
—Estos confites son muy buenos—dijo—; probémoslos antes de beber.
Y tomó la pera envenenada.
Al tomarla miró á don Juan y pasó por sus ojos algo horrible.
—Toma—le dijo, y le mostró la confitura.
Don Juan extendió la mano.
Dorotea se estremeció de nuevo, retiró vivamente la pera y la mordió exclamando: