—No, no; esta es para mí, para mí sola.
Y temerosa de que don Juan pudiera arrebatarla ni una pequeña parte de aquel confite mortal, le devoró.
A seguida cayó de rodillas.
—¿Qué haces, Dorotea?—dijo don Juan.
—¡Dejadme! ¡dejadme orar!—exclamó la joven.
—¡Orar!—exclamó asombrado don Juan.
—Sí; orar por mi alma—respondió Dorotea.
Y juntó las manos, las cruzó y dobló la cabeza sobre el pecho.
En aquel momento resonaron voces en la calle y luego el choque de espadas.
Don Juan sintió un terror vago y se abalanzó á Dorotea y la levantó en sus brazos.