La joven se abandonó en los brazos de don Juan y le sonrió de una manera embriagadora.
—¡Oh! ¡no me olvidarás!—exclamó.
—¡Olvidarte, olvidarte yo, vida mía!
Y don Juan, embriagado, la besó en la boca.
—¡Adiós!—exclamó Dorotea entre un beso ardiente.
—¿Por qué me dices adiós, alma mía?
—Me llama mi esposo—dijo sonriendo siempre Dorotea.
—¡Tu esposo!
—Sí; acabo de desposarme... con quien estará eternamente conmigo y yo eternamente con él.
—Sí, sí—exclamó don Juan engañado por las palabras de Dorotea—; no nos separaremos jamás.