—Sí—dijo Dorotea rodeando un brazo tembloroso al cuello de don Juan—; vamos á separarnos muy pronto, porque no me he desposado contigo; me he desposado con la muerte. Ahora déjame orar; no acabes de perderme.
—¡Con la muerte!—gritó don Juan.
—Sí, el dulce que acabo de comer estaba envenenado.
—¡Envenenado!.. ¡Dios mío! ¡Hola! ¡aquí! ¡aquí!—gritó don Juan, llamando.
—¡No hay nadie! ¡estamos solos!—exclamó Dorotea.
Y una leve contracción de dolor resistido, pasó por su semblante.
—¡Oh! ¡esto es horrible! ¡esto no puede ser verdad!—exclamó don Juan reteniendo entre sus brazos á Dorotea.
Otra contracción más violenta, indicó á don Juan que Dorotea sentía un dolor más agudo.
Al mismo tiempo su cuerpo se hizo más pesado.
Don Juan se vió en la necesidad de doblar una rodilla para sostener á Dorotea.