—¡No me abandones! ¡no me dejes!—exclamó—; quiero morir en tus brazos! toma... porque apenas puedo hablar... había escrito este papel... que es mi última palabra para ti... y mi última voluntad... ¡Oh Dios mío!
Y sacó del seno un papel doblado, que se desprendió de sus manos y cayó sobre la alfombra.
Don Juan estaba inmóvil, mudo, dominado por el terror.
Dorotea hizo aún un nuevo esfuerzo, aún tuvo una sonrisa para don Juan; luego lanzó algunos gritos agudos, horribles; se retorció de una manera violenta, hasta el punto de desasirse de los brazos de don Juan; dió dos pasos desatentados, y cayó desplomada.
Don Juan corrió á ella, la volvió, miró su semblante y dió un grito de horror.
Dorotea estaba muerta, y aquel semblante, poco antes tan hermoso, tan lleno de vida, estaba afeado por una contracción horrible.
Hay en la vida algunos momentos comparables á la muerte.
Momentos de atonía en que los músculos se petrifican y el corazón se hiela.
Momentos á los cuales sucede una reacción horrible.
Don Juan probó unos momentos semejantes, y luego, como si despertase de una pesadilla horrorosa, gritó con un acento imposible de hacer comprender: