—¡Muerta! ¡muerta! ¡y muerta por mí!
Y seguidamente se arrojó sobre el cadáver y unió su boca á la boca helada de Dorotea.
Y en otra nueva y más terrible reacción, se alzó, y desnudando violentamente su daga, exclamó:
—¡Muerta por mí!... ¡y yo, miserable, vivo!
Y volvió la punta de su daga al pecho.
Pero en aquel momento, se sintió sujeto por detrás, asidos los brazos, retenidos por otros brazos que le apretaban con la fuerza de una cadena de hierro.
—¡Oh! ¡no! ¡no! ¡mientras yo esté á vuestro lado!—dijo una voz.
Aquellos brazos que le sujetaban y aquella voz que le hablaba, mojada en lágrimas, eran los brazos y la voz de Quevedo.
Este y el padre Aliaga, habían entrado sin que á causa de lo horrible de la situación los sintiera don Juan.
—¡Desarmadle, fray Luis! ¡vive Dios! ¡que tiene las fuerzas de un toro y se me escapa!—gritó Quevedo luchando con don Juan.