El inquisidor general, arrancó la daga al joven, y le quitó la espada.
—Mirad, fray Luis, mirad si tiene pistoletes á la cintura—dijo Quevedo.
El padre Aliaga, en silencio como hasta allí, registró la cintura de don Juan y le quitó dos pistoletes.
—¡Ah, ya era tiempo! ¡ya no podía resistir más!—dijo Quevedo soltando al joven.
Este se levantó, dió tres pasos vacilantes, y luego se dejó caer sobre un sillón, y se cubrió el rostro con las manos.
—Vamos—dijo Quevedo—, nos hemos salvado; veamos ahora si podemos salvar á esta infeliz.
—¡Muerta!—dijo el padre Aliaga roncamente.
Y se arrodilló junto al cadáver y oró.
Entre tanto Quevedo había levantado el papel que se había caído de la mano de Dorotea y que ésta había sacado de su seno.
Quevedo, que tenía siempre valor para dominar las situaciones más difíciles, que no desatendía jamás ninguna circunstancia por ligera que fuese, se acercó á la mesa, desdobló el papel y le leyó: