—El mismo soy; ¿pero vive aún mi hermano?

—Está acabando; pero entrad, entrad: desde que esta mañana fué Juan á Madrid, os espera con tanta impaciencia, que no parece sino que vos habéis de traerle la salvación de su alma.

Y la buena mujer introdujo al cocinero mayor en una sala baja, y de ella en una alcoba, donde, asistido por un fraile francisco, había un anciano expirante.

—¡Señor arcipreste!¡señor arcipreste!—dijo la anciana—; he aquí vuestro hermano que ha llegado.

Abrió penosamente los ojos el moribundo.

—No veo—dijo con voz apenas perceptible.

Y calló, como si aquel «no veo» le hubiese costado un inmenso esfuerzo.

—Padre—dijo la anciana, dirigiendo la palabra al religioso—, el señor arcipreste me tenía encargado que cuando viniese su hermano, le dejásemos solo con él.

—¡Oh!¡pues cumplamos su voluntad!—dijo el fraile y salió.

El moribundo y el cocinero mayor quedaron solos.