—¡Soy yo, hermano mío!¡soy yo!—dijo Montiño, estrechando las manos al arcipreste.
—¡Allí! ¡allí!—dijo el moribundo, extendiendo el brazo hacia el fondo de la alcoba de una manera vaga y penosa.
—Sí, sí; no te fatigues, hermano mío: allí está el cofre que encierra la fortuna de Juan.
—Sí—dijo el moribundo.
—¡Pedro! un esfuerzo—dijo Montiño acercando su semblante al de su hermano, que empezaba ya á descomponer la muerte—: ¡Pedro, el nombre de su padre!
—Su padre es... el gran... el gran... duque de Osuna.
—¡Ah!—exclamó Montiño—. ¿No deliras, hermano?
—¡El duque... de Osuna!—repitió el arcipreste, haciendo un violento esfuerzo, que acabó de postrarle.
—¿Y su madre...? ¿su madre...?
—La duquesa... de...