Entonces, y como la atracción que le impulsaba hacia el cadáver era más poderosa á medida que se acercaba á él viendo que por codos no podía abrirse paso, dió á gritar de una manera desentonada:
—¡Dejadme, dejadme pasar, por Dios! ¡quiero verla! ¿no oís que quiero verla antes de que se la lleven? ¡Dejadme pasar!
Y redoblaba sus gritos.
Todos le creyeron, por lo menos, pariente de la difunta, y le abrieron paso.
Y así gritando y codeando, logró llegar á la puerta de la casa.
En ella estaba Pedro, el antiguo criado de Dorotea, con un talego en la mano, del que sacaba sucesivamente reales de plata que iba entregando á los pobres que se presentaban.
Dos alguaciles, delante de él, impedían que fuese atropellado por los mendigos, y que entrase gente en la casa, á pesar de lo cual, más de uno se colaba.
Colábase también Montiño.
—¡Eh! ¿á dónde vais?—le dijo uno de los alguaciles cogiéndole del brazo.
—¿Que á dónde voy?—dijo Montiño volviendo su mirada escandencida é insensata al alguacil—. ¿A dónde he de ir sino á verla antes de que se la lleven?