A estas palabras lacrimosas, chillonas, del cocinero mayor, Pedro volvió la cabeza y le reconoció.
—¡Ah! ¿sois vos, señor Montiño?—dijo también lloroso Pedro—. ¡Oh, qué desgracia! ¡qué desgracia tan grande y tan impensada! ¡No la olvidaremos jamás!
—¡Ni yo! ¡ni yo! ¡yo no puedo olvidarla nunca!—exclamó Montiño—; pero, ¿cómo ha sucedido eso? ¿cuándo?
—Casilda, que está adentro, en la cocina, os dará razón, señor Montiño. Yo no puedo marcharme de aquí. Como veis, estoy dando limosna por su alma. Dejad pasar á ese hidalgo, señor Casimiro Trompeta; es de la casa—dijo Pedro al alguacil que aún tenía asido á Montiño.
El corchete soltó al cocinero, que se despidió, subió las escaleras, atravesó un pasillo, y se entró de rondón en la cocina, donde, envuelta en un pañolón negro, estaba Casilda gimoteando, asistida por algunas comadres de la vecindad y algunas doncellas de cómicas que estaban en la casa, y componían aquella especie de duelo criaderil.
—¿Pero qué es lo que aquí ha sucedido?—dijo Montiño dirigiendo bruscamente la palabra á la doncella de Dorotea.
—¿Qué ha de haber sucedido? ¡desdichada que yo soy, sino que mi señora se ha muerto! ¡Y tan hermosa! ¡tan joven! ¡tan buena!
Y siguieron las lágrimas y los sollozos.
—¿Pero cómo se ha muerto la señora?—dijo Montiño, cuya voz tenía á cada momento una acentuación más extraña y más punzante.
—¿Y qué se yo?—dijo Casilda—; yo no la he visto morir.