—¡Qué sueño tan horrible!

—Ya que de sueños habláis—dijo Quevedo—, tomad lo pasado como sueño y escarmiento. No juguéis más con el alma de la mujer, porque las mujeres son terribles. Olvidad.

—No puedo.

—Domináos.

—Tengo el corazón despedazado.

—Por lo mismo, y porque estáis experimentando lo que es tener el corazón amargo y sangriento, no queráis que le tenga también vuestra esposa.

—¡Clara!

—¡Si supiérais de lo que ha sido capaz esa mujer que lloráis!

—¡Dorotea!

—Sí; vos veis en ella un ángel perdido, y era un demonio.