Quevedo era un médico terrible; ponía á sangre fría los dedos sobre la llaga y la estrujaba.
La muerta nada tenía ya que perder ni que esperar en la vida, y Quevedo quería salvar á los que, vivos aún, tenían que perder y que esperar.
Calumniaba á Dorotea.
—¿Qué decís, don Francisco?—exclamó el joven.
—Digo que Dorotea era una aventurera que quería perderos.
—¿Perderme y ha muerto por mí?
—Vos no comprendéis á ese animal que se llama hombre, á quien aventaja en ferocidad ese otro animal que se llama mujer. ¿Hubiérais vos creído que hubiese persona que para vengarse de otro se diese la muerte?
—No... eso es inconcebible.
—Pues todo el que se mata por amor, no se mata por otra cosa que por amargar con el recuerdo de su muerte la conciencia del hombre ó de la mujer que le ha desdeñado.
—¡Oh, no! ¡no puede ser!