—¡Cómo! ¿aquel hombre era...?
—Sí; era ese amante feroz y bajo que tienen todas las aventureras: era su puñal.
—Me estáis revelando cosas horribles.
—Es que cuando la verdad vale algo es siempre horrorosa en el punto en que se la quita la camisa.
—¿Y qué era lo que habían meditado ese hombre y esa mujer?
Quevedo notó con alegría, con una alegría sui generis, que don Juan llamaba esa mujer á la desdichada Dorotea.
—Habían querido matar á un ángel.
—¿A Clara?
—Sí por cierto; en el momento en que vos estuvísteis encerrado con Dorotea, el tío Manolillo fué al alcázar, dijo á doña Clara que vos os olvidábais de ella con otra, y doña Clara le siguió loca de celos, porque los celos y la prudencia nunca van juntos. Si yo no encuentro á la puerta misma de la casa donde Dorotea con vos estaba al tío Manolillo que con doña Clara venía, vuestra esposa, vuestra noble y digna esposa, os hubiera visto en los brazos de esa mujer, y esa mujer se hubiera matado segura de que os dejaba á entrambos muertos.
—¡Oh! ¡ved no os engañéis, don Francisco!