—El bufón, que está allá en la calle de Don Pedro sin la vida que yo le he sacado por la cabeza del tajo más lleno y más derecho que he dado en toda mi vida, es un testimonio, y doña Clara, que está en una casa de la misma calle, entre la muerte y la vida, que de muerte es el ansia que la aflige, es otro.

—¡Cómo! ¡Clara, mi adorada Clara me espera!

—Y sufre y llora.

—Pues vamos, vamos al momento; ¿qué tardamos?

—¿Estáis seguro de dominaros hasta el punto de parecer sereno después de lo que habéis sufrido?

—Ha sido un sueño, un horrible sueño que ha pasado.

—Cuenta con que el sueño no se conozca en los ojos.

—Descuidad, estoy tranquilo; lo que me habéis revelado me ha cerciorado.

—Ved que doña Clara es muy aguda de entendimiento y que no es cosa fácil hacerla ver lo negro blanco.

—No necesito engañarla; verla será para mí la vida, la entrada en el cielo después de haber salido del infierno.