—Es necesario que la mintáis.
—La diré que he ido á ver á mi madre.
—No; decidla más bien que habéis ido á ver al duque de Lerma.
—¿Y para qué?
—¿No habéis sido puesto en libertad? ¿No necesitáis licencia del rey para partiros esta misma noche de Madrid?
—¡Ah, sí! ¡Es cierto!
—Pues vamos.
—Vamos.
—Esperad, esperad; allá, en aquella esquina, medio agoniza un farol delante de una imagen; vamos allí, don Juan, quiero veros el rostro.
Esta fué una intimación indirecta al joven para que se dominase, para que compusiese su semblante.