Quevedo se levantó lentamente, y sin desembozarse, sin descubrirse, sacó de debajo de su ferreruelo una mano y en ella la carta de la duquesa de Gandía; cuando la hubo tomado Lerma, Quevedo se volvió hacia una puerta que el duque había dejado franca.
—Paréceme que huís, caballero—dijo el duque.
Quevedo se detuvo, pero permaneció de espaldas.
—Y no creo que haya motivo—añadió el duque, mirándole de alto abajo y sonriendo de una manera que nos atreveremos á llamar triunfante—; no creo que haya motivo para que tan embozado, tan en silencio, y con un encubrimiento y un silencio tan inútil, vengáis á mi casa y pretendáis salir de ella; como os habéis tapado la cruz y el rostro con el ferreruelo, debiérais haberos puesto en cada pie un talego, á fin de tapar vuestros juanetes y disimular lo torcido de vuestras piernas; no digo esto por mortificaros, sino porque comprendáis que os he conocido, don Francisco.
Volvióse Quevedo, se desembozó, se descubrió echando atrás con gentil donaire la mano que tenía su sombrero, y levantando su ancha frente, dijo fijando el vidrio de sus antiparras en los ojos del duque:
—¡Romance!
—¡Romance y vuestro! Soltadle, don Francisco, soltadle, que ya me tenéis impaciente.
Guardó un momento silencio Quevedo, y luego dijo con voz sonante y hueca, cortando los versos de una manera acompasada, y dándoles cierta canturía:
| —Dióme Dios, por darme mucho, |
| con una suerte perversa, |
| cabeza dos veces grande, |
| y pies para sostenerla. |
| Vine al mundo como soy, |
| aunque venir no quisiera; |
| la culpa fué de mi madre, |
| que no se murió doncella. |
| Por los pies me ha conocido |
| el ingenio de vuecencia; |
| es difícil que conozcan |
| á algunos por la cabeza. |
| Hay quien puede en pies de cabra |
| enderezar su soberbia, |
| porque lo que todo es aire, |
| cualquier cosa lo sustenta. |
Y acabado el romance, se dejó caer el sombrero sobre la cabeza, se embozó de nuevo, y se volvió á la puerta franca.