El duque se adelantó y cerró aquella puerta.
—Sois mi prisionero—dijo.
—Mandadme dar cena y lecho—repuso Quevedo, sentándose otra vez en el sillón que habla dejado, como si se encontrara en su casa.
—No os he soltado de San Marcos para encerraros otra vez—dijo Lerma—. Quiero que seamos amigos.
—¡Ah, condesa de Lemos!—exclamó Quevedo.
—¿Por qué nombráis á mi hija, cuando os hablo de otros asuntos?—dijo con el acento de quien se siente contrariado, el duque.
—Dígolo, porque vuestra hija ha sido antes y ahora la causa.
—No os entiendo.
—Basta con que Dios me entienda.
—Si vos galanteásteis á mi hija hace dos años...