—Tan acertado andáis en mostrar vuestra estimación, como en gobernar el reino.
—¿Pues no decís que en vez de gobernar soy gobernado? ¿no me habéis fulminado uno y otro romance, una y otra sátira, tan poco embozadas, que todo el mundo al leerlas ha pronunciado mi nombre? ¿no os habéis declarado mi enemigo, sin que yo haya dado ocasión á ello, como no sea en estorbar vuestros galanteos con mi hija?
—¡Ah! ¡es verdad! nos habíamos olvidado de doña Catalina; hablado habemos de memoria; nos perdemos y acabaremos por no decir dos palabras de provecho, desde ahora hasta la fin del mundo, si hasta la fin del mundo habláramos. ¡Vuestra hija! ¡pobre mujer! ¿y sabéis que yo no escribiría por nada del mundo contra vuestra hija?
—¿Tan bien la queréis?
—Se me abren las entrañas por todos los poros.
—¡Ay! ¿y mi hija?...
—Es la mujer más pobre de corazón que conozco.
—Pues yo creía...
—¡Pues! vos creéis en todo lo que no es, y de todo lo que es renegáis.
—Quisiera entenderos.