—¡Pues ya se ve que es demasiado! Cuatro millones de españoles ricos, industriosos, han sido expulsados, pobres, desnudos, miserables, desesperados, del suelo que los vió nacer. Y el rey, su majestad, como si hubiérais hecho grandes merecimientos, como si en vez de disminuir en una cuarta parte la población del reino la hubiérais aumentado y enriquecido, os da trescientos mil ducados para vos y para vuestro hijo el duque de Uceda, y ciento cincuenta mil á vuestra hija y á su noble esposo el conde de Lemos.
—¡Concluyamos, concluyamos, don Francisco!—dijo el duque procurando rehacerse—; está visto que no podemos entendernos.
—¡Ya quería yo irme...!—dijo Quevedo levantándose de nuevo—; quería irme sin hablar una sola palabra, porque no podría deciros más que verdades lisas... pero vos... ¡bah! vos habéis nacido para equivocaros...
—He llegado á vos y os he tendido la mano...
—Yo no puedo estrechar vuestra mano, yo no puedo serviros; yo no quiero hacerme cómplice de la ruina de España; á mi duque de Osuna me atengo... y si me desayudare el duque... me atenderé á mí mismo, que me basto y aun me sobro. Quede vuecencia con Dios.
—Esperad: no es por ahí, don Francisco—dijo el duque tomando una bujía de sobre la mesa y yendo á una puertecilla.
—¡Cómo!—dijo Quevedo—; ¿vuecencia sirviéndome de paje?
—Honroso es servir al ingenio, á la grandeza y al valor.
—Muy cristiano andáis.
—¡Cristiano!