—Sí, por cierto; dais favores por agravios.
—No hablemos de eso; no sois vos quien me agraviáis, sino la fortuna que se me os roba.
—Ahí os queda don Rodrigo Calderón. Calló el duque, y bajando unas escaleras, llegó á un postigo y puso la mano en un cerrojo.
—Perdonad, un momento, don Francisco—dijo Lerma—: ¿quién os ha dado la carta que me habéis traído? ¿puede saberse?
—¿Y por qué no? ¡Me la ha dado vuestra hija!
—Y... ¿dónde?
—En palacio.
—¡Oh! ¿con que ya habéis estado en palacio apenas venido?
—De palacio vengo y á palacio voy. Como me crié en él, soy palaciego, y tanto, que atribuyo al haberme criado en palacio mi cortedad de vista.
—Pues cuidad, don Francisco, en dónde ponéis los pies, porque palacio está muy resbaladizo.