—Y bien, ¿qué medio creéis que os queda para con la reina?

—Las cartas que poseéis.

—Pero esas cartas no pueden usarse sin que yo me pierda.

—¿Creéis que vos estaréis perdido, cuando yo esté salvado?

—Hace algún tiempo que, con mucho sentimiento mío—dijo con gran humildad don Rodrigo—vemos las cosas de distinto modo. Yo veo...

—Vos veis menos de lo que creéis ver.

—Yo veo todo lo que pasa en la corte y fuera de ella, señor. Sé que vuecencia no puede anunciarme una cosa grave que yo no sepa.

—Voy á deciros una gravísima: ¿sabéis dónde está la reina?

Miró con asombro Calderón á Lerma.

—No comprendo á vuecencia—dijo.