—Me explicaré: ¿sabéis por qué la reina no parece?
—¿Qué no parece su majestad?
—Sí, por cierto; la reina se ha perdido esta noche, ó ha estado perdida. En una palabra: su majestad la reina, á cierta hora de la noche, no estaba en su cuarto.
—¿Cómo, á qué hora?
—A principios de la noche.
—Pues puedo deciros—exclamó Calderón poniéndose pálido—que si la reina ha desaparecido de su aposento, ha salido del alcázar.
—¿Que ha salido?
—Sí, señor, sola y en litera.
—Eso no puede ser; ¡imposible!—exclamó el duque poniéndose de pie—. ¡Margarita de Austria, sola como una dama de comedias!...
—Es más, señor, acompañada de un hombre.