—¡Por mi ánima—dijo haciéndose un paso atrás y bajando la espada—, que aunque muchas veces hemos jugado los hierros, no creí que pudiéramos llegar á reñir de veras!

—¡Ah! ¿sois vos, señor Juan? que me place; y ya que no nos hemos sangrado, alégrome de que hayamos acariciado nuestras espadas para daros un consejo: lo de tajos y reveses á la cabeza, dejadlo á los colchoneros, que sirven bien para la lana, y aficionáos á las estocadas; de mí sólo sé deciros que de los instrumentos de filo, sólo uso la lengua. ¿Pero qué hacéis aquí?

—Espero.

—Ya, ya lo veo. ¿Pero á quién esperáis?

—A un hombre.

—Decid más bien á un muerto; y dígolo, porque á pesar del demasiado aire que dais á la hoja de la espada, si yo no fuera quien soy, me hubiérais hecho vos lo que no quiero ser en muchos años. Pero el nombre del muerto; digo, si no hay secreto ó dama de por medio, que no siendo así...

—Dama y secreto hay; pero me venís como llovido; conozco vuestra nobleza, quiero confiarme de vos, y os pido que me ayudéis.

—Y os ayudaré, y más que ayudaros; tomaré sobre mí la empresa y el encargo. ¿Pero de qué se trata?

—¿Conocéis á don Rodrigo Calderón?

—Conózcole tanto, como que de puro conocerle le desconozco. Es mucho hombre.