—Pues á ese hombre espero.
—Para...
Quevedo hizo con el brazo la señal de una estocada á fondo.
—Cabalmente.
—Perdonad; pero vos no sois cristiano, amigo Juan.
—¿Por qué me decís eso? ¿no os he dejado tiempo para poneros en defensa?
—Dígolo, porque vuestro rencor no cede. ¿No os habéis satisfecho con haber desarmado hace dos horas á don Rodrigo Calderón, sino que pretendéis matarle?
—¡Cómo! ¿era don Rodrigo Calderón el hombre con quien reñí cuando?...
—Sí, cuando acompañábais á una dama muy tapada, muy hermosa y muy noble que había salido del alcázar.
—¡Cómo! ¿conocéis á esa dama?