—Hablo por vos. En cuanto á vuestro padre, bien se está allí donde se está; y en verdad y en mi ánima, que si no fuera por vos, ya estaría yo con él.
—¿En la eternidad?
—Decís bien; pero yo me entiendo y Dios me entiende.
—¿Estaréis también enamorado y desesperado?
—¡Enamorado! no lo sé, pudiera ser. ¡Desesperado! no, porque á mí no me desesperan las mujeres.
—Soy muy afortunado.
—O muy pobre. Pero volviendo á la dama...
—Os repito que puedo hablaros de su hermosura, pero no daros señas de ella; os digo que la amo tanto, que si por desdicha fuese esta mujer la reina...
—¿Pero estáis loco, Juan? ¿Acabáis de llegar á Madrid, y ya pretendéis haber tenido una aventura con... su majestad?
—¿Y no pudiera ser?