—Guardadle, pues; pero entendámonos: ¿decís que habéis visto á esa dama? Dadme sus señas.

—No puedo daros seña alguna, porque fué tal el efecto que me causó su hermosura, que cegué.

—¡Vehemente y apasionado como su padre!—murmuró Quevedo.

—¡Qué! ¿habéis conocido á mi padre, don Francisco? Cuando fuísteis á Navalcarnero ya había muerto.

—He oído hablar de él—dijo Quevedo.

—Pues os han engañado.

—Bien puede ser.

—Mi padre era lo más pacífico del mundo.

—¡Pobre amigo mío!—dijo Quevedo.

—¿Por quién habláis, por mi padre ó por mí?