—No conozco dama que tenga más majestad en palacio que la reina.

—¡La reina!... ¿pero creéis que la reina podría salir sola de noche y ampararse de un desconocido?

—¡Eh, señor Juan Montiño! habláis con demasiado calor, para que yo no sospeche que os ha pasado por el pensamiento que podía ser la reina la dama de vuestra aventura. Creedme, Juan; eso, que si fuera posible, sería para vos una desgracia, es imposible de todo punto. Su majestad la reina... vamos, no pensemos en ello. Es la única mujer que conozco buena y mártir, y la ilustre sangre que corre por vuestras venas os debe decir...

—Mi sangre no es ilustre, don Francisco, sino honrada, y por lo mismo, porque dudo, porque me parece imposible, os pregunto, quiero aclarar una duda que me vuelve loco... tenéis razón; si fuese la reina la dama á quien amo...

—¿Pero qué amor es ese?... un amor de dos horas.

—¡Ay, don Francisco! en dos horas... menos aún, en el punto en que la vi...

—¿Luego la habéis visto?

—Sí.

—¿Dónde?

—Perdonad, no me pertenece el secreto.