—No—repuso Quevedo guardando la linterna.
—Voy á ayudaros—añadió el joven—: esta carta ha venido de palacio á mi tío, de mano de una dueña de la servidumbre.
—Si no me dais más señas no puedo alumbrar vuestras dudas. ¡Y me duermo, vive Dios, me duermo!—dijo Quevedo bostezando.
—Decidme: ¿hay en palacio alguna dama cuya hermosura deslumbre como el sol?
—Háilas muy hermosas: ¿la vuestra es esbelta, ligera, buena conversación, morena?...
—No, no; es blanca.
—¿Cómo, pues, sabéis su color si iba tapada?
—Una mano...
—¡Ah! es verdad, las tapadas que tienen buenas manos no las tapan. Pues no es la condesa de Lemos—dijo para sí Quevedo.
—Era alta, gallarda, muy dama, muy discreta, joven, andar majestuoso...