—Sí; he encontrado aquí un poyo bienhechor, y estoy cansado. Y luego, ¿de qué hemos de hablar? No conocéis á esta dama... no puedo aconsejaros á ciencia cierta... me callo, pues, y duermo. Avisadme cuando sea hora.
Al sentarse Quevedo se desembozó y dejó ver una línea de luz por un resquicio de su linterna.
—¡Oh! ¡traéis linterna!—dijo el joven.
—Nunca voy sin ella.
—¿Me prometéis decirme el nombre de la dama, si os doy algo por lo que podáis venir en conocimiento?
—Os lo prometo—dijo Quevedo.
—Pues bien, abrid la linterna y mirad.
Quevedo abrió la linterna, y Juan Montiño, doblando la carta que su tío había recibido de palacio, y dejando sólo ver el primer renglón que decía: «Tenéis un sobrino que acaba de llegar de Madrid...» mostró aquel renglón á Quevedo.
—¡Y es letra de mujer!—dijo éste.
—¿Pero no la conocéis?