—¡Oh! Decir ¡oh! vale tanto como si dijéseis: esa dama es para mí un acertijo.

—¿Creéis que estoy enamorado?

—¡Ayúdeos Dios, si vuestro mal no tiene cura! ¿Y sabéis que tarda don Rodrigo?

—¿Qué tenéis que hacer?

—Mucho: por ejemplo, me urge ver á vuestro tío el cocinero de su majestad.

—Pues no podéis verlo esta noche.

—¿Cómo?

—Va de viaje. Se muere mi tío el arcipreste y va á cerrarle los ojos.

—¡Ah! pues si no puedo ver á vuestro tío, me importa poco que tarde nuestro hombre; entre tanto á dormir me echo.

—¡A dormir!