—¿Y no le habéis ahuyentado por no espantar la caza? bien hecho; por lo mismo dejaréle yo allí: pero entrémonos en este zaguán.

—Entrémonos.

—¿Y estáis seguro de que don Rodrigo Calderón está ahí dentro, y si está de que saldrá por ahí?

—No lo estoy, pero espero.

—Vais haciéndoos á las costumbres de los enamorados tontos, que se pasan la vida en esperar á bulto.

—Por más que hagáis...

—No os curo.

—No.

—¿Pero tanto vale esta dama?

—¡Oh!