—Sin conocerla...

—Ahí veréis.

—¿Por la voz, ó por el olor, ó por el bulto? Ved que esas tres cosas engañan.

—Estoy seguro de que es una divinidad.

—Se me os perdéis, Juan, se me os perdéis, y lo siento. Idos de la corte, amigo mío, porque si apenas habéis entrado habéis caído, á poco más sois hombre enterrado. Creedme, Juan, veníos conmigo á una hostería y dejáos de tapadas, que no contentas con haberos matado os piden hombres muertos.

—Idos si queréis—dijo Juan Montiño—, que yo estoy resuelto á quedarme y á cumplir lo que he prometido.

—No, no me iré, puesto que me necesitáis: aquí me estoy con vos y venga lo que viniere.

—He reparado en un bulto que me sigue desde después de mi primera riña con don Rodrigo.

—¡Ah! ¿sí? ¿un bulto? razón más para que yo me quede.

—Y ese bulto está allá abajo, junto á la esquina.