—¿Y á vos qué os da?
—Es inútil que pretendáis disuadirme: estoy resuelto.
—Pues sea; me embarco con vos; agito con vos el cascabel de la locura: cometo la primera tontería de que tengo memoria: Cervantes, á quien Dios perdone sus pecados, creyó haber muerto con su Ingenioso Hidalgo don Quijote á los caballeros andantes; pero se engañó, porque aquí estamos dos. Vos porque tenéis ojos, y yo porque tengo corazón y agradecimiento.
—¡Agradecimiento!
—Dios me entiende y yo me entiendo.
—Pero no os entiendo yo.
—Cuando fuí huído á Navalcarnero... y fué por una mujer... siempre ellas... encontré en vos...
—Un joven que se volvió á vos asombrado, deslumbrado por vuestro ingenio.
—Muchas mercedes. Pues encontré en vos un hermano, y tan agradecido quedé de ello, que en la primera carta que escribí al duque de Osuna, le hablé de vos.
—¡Ah! ¡don Francisco! ¿habéis hecho que llegue mi pobre nombre al gran duque de Osuna?