—Sí por cierto: he reñido con un palafrenero del rey; he conocido á dos grandes señores; me he perdido en el alcázar...
—¡Ah! ¡os habéis perdido... en el alcázar...! ¿y qué aventura os ha sucedido al perderos?
—¡Perderme!—exclamó el joven, y suspiró porque se acordó de la hermosura de la dama de la galería.
—En palacio es el perderse muy fácil—dijo la dama—, y os aconsejo que si alguna vez entráis en él, os andéis con pies de plomo; ¿y no os ha acontecido más aventura después de haberos... perdido en el alcázar?
—Sí, sí por cierto: ¿no os parece una muy singular aventura esta en que me encuentro con vos, á quien no conozco, que se me os habéis venido sin saber de dónde y que...?
—¿Y qué...?
—Podéis acabar de perderme.
—¡Yo!
—Sí, vos: debéis ser muy hermosa, señora, y muy principal, y hallaros metida en un gran empeño.
—Explicadme...