—Os siento apoyada en mi brazo, y ¡Dios me perdone!, pero quien tiene tan hermoso brazo, debe tenerlo todo hermoso.
—En la tierra de donde venís, ¿se acostumbra á abusar de las mujeres, caballero?
—¡Ah!, perdonad: yo no creía...
—Vos lo habéis dicho: soy una dama principal: más de lo que podéis creer, y, como habéis supuesto, me encuentro en un gran conflicto.
—Vuestra voz, aunque quisistéis disimularlo, era un tanto trémula cuando me hablásteis: vuestro brazo, al asirse al mío, temblaba.
—Acortad el paso y bajad más la voz—dijo la dama—; nos siguen.
—Y vos, cuando os siguen, ¿os detenéis?
—Cuando sé que quien me sigue tiene dudas de si soy yo ó no soy, procuro no desvanecerlas huyendo: quien huye teme.
—¿Y vos no teméis?
—Sí por cierto, y porque temo mucho, procuro que quien me sigue dude; dude hasta tal punto, que siga su camino creyendo que pierde el tiempo en seguirme.