—¡Señora!—dijo Montiño.

—¡Silencio!—replicó la dama—; no habléis, seguidme y andad paso.

—¡Pero si no veo!

—¡Ah! es verdad.

—Si no me guiáis...

—Dadme, pues, la mano—dijo la dama con un acento singular en que se notaba la violencia con que apelaba á aquel recurso.

—¿Dónde estáis?

—Acercad más.

—Ya que me dais la mano, señora...

—Os la presto...