—¿Conque le esperan? ¿conque le han citado? ¿quién será ella?—dijo Quevedo.
Pasó algún tiempo; Juan Montiño esperando, y don Francisco observándole.
Oyéronse al fin leves pasos que parecían provenir de unas estrechas escaleras, situadas cerca del joven; luego los pasos cesaron y se oyó un siseo de mujer.
—¡Ah! ¡ya pareció ella!—dijo Quevedo—; ¿pero quién será?
Entre tanto Juan Montiño se había dirigido sin vacilar á las escaleras, y desaparecido por su entrada.
Sigámosle.
A los pocos peldaños una dulce voz de mujer, aunque anhelante y conmovida, le dijo:
—¡Ah! ¡gracias á Dios que habéis venido!
Era la misma voz de la dama tapada á quien Montiño había acompañado aquella noche.
La escalera estaba á obscuras.