—Olvidábame de que sois nuevo en la corte. Llaman aquí el Mentidero á las gradas de San Felipe el Real.
—¿Y por qué no esperarme en vuestra casa?
—Porque no sé aún si será pública ó privada, mesón de transeuntes ó tránsito de infierno. Quedad con Dios, y sobre todo, prudencia, Juan, prudencia, y no os envanezcáis con los favores de la fortuna.
—No sé lo que será de mí—dijo el joven, que estaba aturdido é impaciente.
—Pues procurad saber lo que hacéis, y adiós, que no quiero deteneros.
—Adiós, don Francisco, hasta mañana.
Quevedo se alejó un tanto, y luego al doblar una esquina se detuvo.
—¿Será sino de la sangre de los Girones—dijo—el encontrarse siempre metida en grandes empresas? ¿quién sabe? ¡pero aquí hay algo grave! ¿que no haya leído Lerma delante de mí la carta de la duquesa? ¿que no haya yo podido ver lo que ha hecho ese noble joven, en el breve espacio que ha estado inclinado sobre don Rodrigo Calderón, entretenido en detener á ese bergante de Juara? pero puedo ver algo... y algo tal, que sea una chispa que me alumbre. Pues procuremos ver.
Y se encaminó recatada y silenciosamente á la puerta de las Meninas, y con el mismo recato miró al interior.
Bajo un farol turbio estaba parado Juan Montiño.