—¿Pues cuándo le habéis herido?
—Hace media hora; cuando salía don Rodrigo de casa del duque de Lerma; era preciso quitarle unas cartas...
—¿Unas cartas?
—Tomad, señora—dijo Montiño, sacando una cartera de terciopelo blanco bordado de oro, sobre la cual se veían manchas de sangre fresca.
La tapada abrió la cartera, sacó de ella un paquete de cartas y las contó.
Contó seis.
—Eran cuatro—dijo—, y éstas... del conde de Olivares... del duque de Uceda.
Juan Montiño no pudo entender estas palabras que la dama había murmurado.
Luego reunió aquellas cartas, las guardó en la cartera y dejó ésta sobre la mesa.
—¿Habéis visto estas cartas?