—¿Pero cabe en quien tenga razón que su majestad salga de palacio, de noche y sola, y se ampare de cualquiera, y charle con él, y tenga, casi casi, una aventura?
—Cuando la causa es grave... cuando una reina está á punto de ser horriblemente calumniada...
—¿Qué decís?...
—No tembléis señora—dijo Montiño desnudando su daga sangrienta y mostrándola á la dama.
—¿Y qué es eso?
—Sangre de don Rodrigo Calderón.
—¡Ah!—exclamó con alegría la dama.
—Sí; la reina estaba amenazada.
—¿Amenazada? ¿insistís en que yo soy... la reina?
—¿Creéis acaso que he herido ó muerto á don Rodrigo cuando le detuve para que no os siguiese? Entonces le desarmé.