—Os ruego otra vez que me perdonéis.
—¡Pero, caballero, si no me habéis ofendido! únicamente me habéis dado un susto horrible, porque había quedado en vuestro poder esta joya y yo no os conocía. Ni vos ni yo hemos tenido la culpa de lo que ha sucedido—añadió la dama volviéndose de nuevo á la puerta de los tapices—; yo me vi obligada á ampararme de vos, y vos, que por una circunstancia casual me habíais visto, y habíais dado en el capricho de enamoraros de mí...
—¡Señora!
—Os hablo así porque no soy la reina.
—Y entonces, ¿por qué no os descubrís?
—Ni puedo, ni debo.
—Pues permitidme que dude.
—Venid acá, testarudo y niño: ¿creéis que la reina os hubiese dado como prenda la sortija que os dí?
—Por deshaceros de mis importunidades.
Hizo un movimiento de impaciencia la tapada.