—Creed, señora—dijo Juan Montiño, que vió una afirmación en la sorpresa, en el cuidado, casi en el terror de la tapada—, creed, señora, que nada exponéis, nada, con quien es hijo de un hombre que ha vertido su sangre por sus reyes... y mi lealtad y mi respeto hacia vuestra majestad...

—¡Pero esto es horrible! ¡me creéis la reina!

—Llevábais en el brazo esa joya que tiene las armas reales de España.

—¿Conocéis á... la reina?

—Ya dije á vuestra majestad...

—Dejáos de importunas majestades—exclamó la dama con un acento en que había angustia, mirando de nuevo á la puerta cubierta por el tapiz—; tratadme lisa y llanamente como á una dama honrada, y concluid. ¿Ha visto alguien esta joya?

—¡Señora!—exclamó con el acento de un hombre profundamente ofendido Montiño.

—Perdonad, pero fuísteis atrevido é imprudente...

—Yo creía que érais otra mujer... una dama principal y nada más, y quise que me quedase algo vuestro por donde pudiera encontraros. Cuando vi esa joya, ya no tenía remedio... ya habíais desaparecido... entonces me pesó haberos hecho escuchar...

—¿Palabras de amor?...—dijo riendo la dama, que se tranquilizó porque en la turbación, en las miradas del joven había comprendido su alma.