Entre tanto Montiño, siguiendo á la dama tapada siempre, había atravesado dos hermosas cámaras alfombradas, amuebladas con riqueza, en muchos de cuyos muebles, reparados al paso por el joven, se veían las armas reales de España y Austria.
Al fin la dama se detuvo en una cámara más pequeña.
Sobre una mesa había un candelero de plata con una bujía, única luz que iluminaba la cámara, y junto á la mesa un sillón de terciopelo.
—Sin duda que comprendéis por qué os he llamado—dijo con severidad la dama.
Juan Montiño, que se había descubierto respetuosamente dejando ver por completo su simpático y bello semblante y su hermosa cabellera rubia, sacó en silencio de un bolsillo de su jubón el brazalete real de que se había apoderado y que en tantas confusiones le había metido, y le entregó á la dama.
—¡Ah!—exclamó ésta tomándole con ansia.
—Habíais dudado de mí, señora—dijo Montiño con acento de dulce reconvención.
—Habéis hecho mal, prevaliéndoos de la casualidad que puso entre mis manos esta joya.
—Perdone vuestra majestad...—dijo el joven, y la dama no le dejó tiempo de concluir.
—¡Mi majestad!—exclamó con asombro, volviendo con terror el rostro á una puerta cubierta con un tapiz.