—¡Ah! pues entonces, permitidme dudar...

—No dudéis, pues—dijo la dama echando atrás el manto, y dejándose ver á Juan Montiño.

—¡Ah!—exclamó el joven—; ¡sí, vos sois el hermoso sol que me deslumbró!

Y cayó de rodillas, como quien adora, á los pies de la dama.

—Dejáos, dejáos de niñerías—dijo ella—; tal vez nos observan; alzáos, y hablemos aún algunas palabras... pero no de amor. ¿Estáis ya seguro de que no soy la reina?

—Sí, sí; estoy seguro de ello—exclamó con entusiasmo el joven—; aunque no conozco á su majestad; porque estoy segurísimo que la reina no es tan joven ni tan hermosa. ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿y no me amaréis?

—Ya os he dicho que no me habléis de amor. Vuestro amor sería una locura... es imposible.

—Porque vuestro corazón me rechaza...

—No, no precisamente por eso... mi corazón ni os acoge ni os rechaza... pero... os lo repito... nuestros amores son imposibles.