Sí; vos sois el hermoso sol que me deslumbró.

—Habéis dicho nuestros amores.

—He querido decir—contestó con impaciencia la dama—que el logro de vuestros amores es imposible.

—Os disgusto y lo siento.

—Pues bien, no me habléis más de amor.

—Callaré; pero una palabra, una sola palabra: ¿no podré veros?

—Siendo como sois sobrino del cocinero mayor del rey, y viniendo como vendréis por esta razón, con frecuencia, á palacio, me veréis de seguro.

—¿Pero vos no haréis nada porque yo os vea?

—No—respondió fríamente la dama.

—¡Ah! perdonad, señora.